A TRAVÉS DEL TIEMPO Y DEL ATLÁNTICO

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 CAPÍTULO 1

 

 

Abril de 1912

Southampton, Inglaterra

 

La bofetada resonó en la estancia con un eco seco y afilado. Catherine apenas pestañeó. Esperaba esa reacción de su padre, aunque eso no mitigaba el ardor en su mejilla ni la indignación que hervía en su pecho.

—Te casarás con quien yo disponga —bramó Herbert Cavendish, con el rostro enrojecido por la furia—. El apellido Cavendish no se mezclará con el de un americano advenedizo. Antes te encierro hasta que recapacites.

«Tranquila, no pasa nada, todo ha salido a la luz antes de tiempo. Igualmente me desposaré con Ian en cuanto el barco llegue a Estados Unidos. Allí el plan está listo para nuestra huida», se repitió la joven, intentando mantener la compostura.

Catherine sostuvo su mirada, resuelta a no derramar una sola lágrima ni darle el placer de verla doblegarse. Pese a que sus manos temblaban bajo las faldas de su vestido, su voz salió firme.

—Está bien, se hará como usted diga —se rindió, fingiendo una inocencia impecable, con el semblante más afligido que su rostro podría ofrecer—. Aunque, si me permite hacer una petición, por favor, déjeme elegir a alguien de mi agrado. Si tengo que pasar el resto de mi vida con un hombre al que no amo, lo mínimo que pido es que no sea un viejo decrépito.

Sin desviar sus iris castaños, observó el rostro de su padre transformarse en un gesto de pura indignación. Sin embargo, ella sabía que había una gran diferencia entre fingir que acataba su mandato a acceder a la primera; no la creería ni por un instante.

—¡Eres igual de deslenguada que tu madre!, que Dios la tenga en su gloria. Ve a preparar el equipaje, el barco zarpará mañana.

—Como ordene, padre.

La forma en que su progenitor pareció creerla hizo que Catherine comprendiese, con un escalofrío recorriéndole la espalda, que el hombre tenía una carta oculta. Con Herbert Cavendish nunca podías estar segura de qué pensaba. Era un hombre de negocios, astuto y resabiado por la edad, conocido por adelantarse a las jugadas de sus adversarios incluso antes de que estos siquiera lo planeasen. Eso la inquietó, sabiendo que aquella frialdad que destilaban sus pupilas no presagiaba nada bueno. Salió del despacho con una sensación de ahogo, temiendo que su ansiada libertad para amar se hundiese en el Atlántico.

 

 

Esa noche, una pesadilla la sacudió del sueño: Ian se hundía en un océano infinito y oscuro, mientras ella gritaba su nombre sin poder alcanzarlo. Despertó con el pecho oprimido y el sudor frío pegándole los rizos a la frente. Serenándose, se dijo que no tenía tiempo para miedos irracionales. Sin reparar en la luz matutina que se filtraba luchando con las espesas cortinas, decidió dirigirse a la cocina en busca de algo que templara su inquietud. Sintiéndose agotada, pensó en dormir un rato más, en cambio, unas voces apagadas en el despacho de su padre la detuvieron en seco.

—No, Howard, la muy boba no se ha enterado de nada. —La voz de Herbert sonaba satisfecha—. Cuando todo ocurra, debes ser el hombro en el que llore. Quiero que la sangre de los Cavendish permanezca pura. Y quién mejor que el hijo de mi difunto hermano para perpetuar nuestro linaje.

Catherine sintió un golpe en el estómago. Howard. Su pariente. Su supuesto amigo. ¡La obligarían a casarse con él!

—Por supuesto, tío —respondió el joven con suficiencia—. Doblegaré el espíritu libertino de mi bella prima. Le prometo que no tardará en entender su lugar.

Al otro lado de la madera, Catherine sintió cada gota de su sangre helarse, obligándola a retroceder un paso con estupor. Con el corazón a punto de estallar, se giró de golpe al sentir una mano firme sujetándola del brazo. 

—Niña, no puede estar aquí —susurró Madeleine, su au pair de toda la vida, con el rostro pálido de preocupación.

—¿Tú lo sabías?

La mujer arrastró a la joven hasta el dormitorio, en donde, tras cerrar la puerta, preguntó:

—¿Qué ocurre? 

—Padre quiere obligarme a desposarme con Howard… —Iba a continuar cuando observó sus vestidos perfectamente estirados sobre el diván.

Tras un intercambio rápido de información, Catherine la miró a los ojos con la urgencia de quien ve su mundo tambalearse.

—¡Tengo que llegar al puerto! Ian me espera.

—La ayudaré a preparar lo indispensable. 

—No hay tiempo —dijo Catherine con los ojos brillando de determinación—. No necesito nada más que los brazos de Ian para saber que juntos enfrentaremos todo.

Madeleine asintió tras un instante de duda y, sin una palabra más, la arrastró hacia la puerta de servicio. Antes de abrir aquella salida hacia un futuro incierto, la abrazó.

—Corra, mi niña. Y no mire atrás.

Con la emoción desbordando sus ojos, Catherine abandonó la propiedad Cavendish con la mente puesta en ese transatlántico que la llevaría directa a la libertad.

 

CAPÍTULO 2

 

8 de abril de 2012

 

—¡Nooo! —grito, viendo caer su cuerpo sobre el frío suelo de baldosas bicolor.

Quiero volver a entrar, no obstante, una mano aferra mi muñeca con fuerza, obligándome a ir en dirección contraria.

—Helena, entra en el coche. —Escucho junto a mí.

Obedezco sin voluntad, sintiendo las lágrimas surcar en cascada infinita mis mejillas. 

Atravesando las calles de mi infancia, a toda la velocidad que el vehículo logra alcanzar, permito que la culpa se instale en mi alma, mientras mi mente decide volver al pasado, exactamente, al momento en que toda esta locura comenzó.

 

 CAPÍTULO 3

 

Un mes antes

 

Salí del dormitorio atraída por el olor a café recién hecho. Desde el comedor tuve una panorámica maravillosa de Nathan, mi novio, preparando el desayuno al otro lado de la barra que dividía las estancias. 

Me ensimismé pensando que, con toda seguridad, era la visión más sexy que se puede tener de buena mañana. La luz barcelonesa bañaba su torso desnudo, creando un juego óptico que despertaba todos mis sentidos. Mordiéndome el labio, contuve las ganas que tenía de volver a encerrarle en el dormitorio. 

En ese instante, con mi cara de hiena hambrienta, mi pelirrojo favorito se giró, pillándome infraganti.

—Deja de mirarme como si yo fuera el desayuno y ven a comer algo, si me obligas a hacerte el amor, sin ingerir algo primero, vas a tener que llamar a una ambulancia.

Avancé con una sonrisa traviesa por saberme descubierta, aceptando la taza que me ofrecía.

—Feliz aniversario, mi vida —dije, antes de depositar un casto beso en sus labios. —Feliz aniversario, tigresa, brindemos por el segundo de muchos años juntos.

Chocamos las tazas y, tras obedecer como una fiel corderita y comerme la magdalena de avena y plátano que había en mi plato, giré mi cuerpo en dirección a la ducha. Durante el trayecto, antes de perderme por el pasillo, fui deshaciéndome del pijama y el resto de la ropa que me cubría.

—Espero que el desayuno no sea el único regalo de aniversario —reté con descaro.

 

 

Desde el instante en que su hermano nos presentó, Nathan y yo conectamos de una forma que desafiaba cualquier lógica. Era como si nuestras almas hubieran estado ensayando ese encuentro durante siglos, entendiendo cada gesto y cada mirada sin necesidad de palabras. Había algo diferente en él, algo que vibraba en la misma frecuencia que lo hacía mi alma, como si nuestros corazones compartiesen un lenguaje secreto.

 

 

Durante la carrera de magisterio coincidí en la universidad con Martin, el hermano pequeño de Nathan. Pese a estudiar en Londres, Martin cursaba un año de Administración y Dirección de Empresas con un programa de Erasmus, en Barcelona. 

Mi amiga Catia nos presentó en la fiesta de Navidad del campus. Nos caímos bien desde el principio. En los siguientes meses, no negaré que intentó que nuestra amistad fuera un paso más allá, sin embargo, pese a su atractivo británico, su rubio natural y su altura rollo highlander de novela romántica, no consiguió lo que me dijo era un ansiado beso.

Tras la finalización de los estudios y su vuelta a Bristol, su ciudad de origen, mantuvimos algo de contacto por redes sociales, sin embargo, con el paso del tiempo nuestra amistad se fue diluyendo en la distancia. 

Ese fue el motivo por el que me sorprendió tanto su llamada, tres años después.

—Preciosa, ¡dime que todavía vives en Barcelona y me harás el guiri más feliz del mundo!

—Martin, ¿estás aquí?

—Sí, hace un par de meses, mi hermano Nathan se mudó a la ciudad, para disgusto de mis padres, y he venido a hacerle una visita este fin de semana. Y, por supuesto, no puedo volver a Inglaterra sin ver a mi española favorita.

—Española española… —dije en tono jocoso, pues llevaba casi el mismo tiempo viviendo en España que en mi Argentina natal. Dato que él sabía.

—¡Bueno, esos son detalles sin importancia! Dime que tienes la noche libre e iré a donde estés, raudo y veloz.

—Ceno con Catia en el centro. Hemos quedado dentro de una hora. ¿Te apuntas?

Seguro que se alegra de verte.

—¡Hecho! Pero llevo a mi hermano, todavía está en esa fase de conocer gente.

—¿No lleva dos meses aquí? —pregunté extrañada.

—Preciosa, no todos los Digby tenemos el mismo carisma, atractivo y don de gentes.

—Modesto baja, que sube Martin —me carcajeé—. Está bien, tráete al sosaina de tu hermano.

Una vez colgué, terminé de vestirme, al tiempo que mi cerebro recopilaba la información que poseía sobre ese inglés, tres años mayor que yo, del que solo sabía que era el heredero de una familia pudiente, un soltero codiciado del que se especulaba podría ser gay y un gran hermano, cariñoso y preocupado. Las numerosas llamadas que recibió Martin, el año que coincidimos en la universidad, corroboraban esa teoría que yo misma lancé al aire. No negaré que busqué información en internet acerca de Nathan Digby, si bien, aparte de verle posar en algún acto benéfico junto a su familia, poco más pude encontrar; sin redes sociales y con un perfil público prácticamente inexistente.

No pude evitar sentir curiosidad por aquel hombre que era un enigma, y cuyos ojos verdes, claros y profundos, parecían creados para, junto con sus rizos cobrizos con destellos de fuego y su porte gallardo y seguro, observar el mundo desde un lugar superior al resto de los mortales. Pensé que más que soso sería un narcisista o un esnob, que no querría mezclarse con las personas de a pie, y con esa idea me marché a la cena.

Qué dosis de realidad me llevé nada más estrechar su mano. 

Nunca, en mis veintiséis años, había sentido cada terminación nerviosa de mi cuerpo gritarme al unísono que no me apartara de ese hombre. Así, sin más, solo con un simple roce de su piel. 

—Encantado de conocerte, Helena. Mi hermano lleva hablando de ti tanto tiempo, que mentiría si no dijera que tenía verdadera curiosidad por saber si todo lo que decía era cierto.

Miré a Martin de reojo y, acercándome a Nathan, sin soltar su mano, susurré:

—Espero que fueran cosas buenas y haber estado a la altura. —Sonreí entre nerviosa y canalla.

—Con el efecto que produce tu sonrisa se quedó demasiado corto.

Y así fue como, sin darnos cuenta, nos olvidamos de que estábamos acompañados por mi amiga y su hermano y pasamos la noche entera hablando de todo, sin separarnos durante horas. 

Tras una velada para mí perfecta, divertida y única, los cuatro nos montamos en un taxi. Por logística, dejamos primero a Catia y después llegó mi turno.

Nathan se apeó del vehículo, pidiéndole al taxista que aguardara un par de minutos. Me acompañó hasta el portal, asegurándose que entraba sana y salva.

—Ha sido un placer conocerte. Mentiría si dijese que no quiero volver a verte — flirteó, a la vez que yo sostenía la puerta, sin ganas de subir las escaleras hasta el segundo piso. 

—Bueno, eso tiene fácil solución, apunta mi número y llámame.

Nos sonreímos nerviosos y, tras el intercambio de teléfonos, llegó el momento de despedirnos.

—Buenas noches, Nathan.

—Buenas noches, Helena.

Depositó un beso en mi mejilla, llenándome de frustración por no ser ahí donde yo esperaba que me tocaran sus labios. Me giré para enfilar las escaleras y puedo jurar que sentí como si me quitaran una parte importante de mi alma.

No había abierto la puerta de mi casa cuando recibí un mensaje.

 

Nathan:

¿Cenar mañana te parece demasiado pronto?

 

Helena:

¿Y desayunar? Hay una pastelería del centro que sirven los mejores tés de la ciudad. 

 

Arriesgué.

 

Nathan: 

Me encantaría, pero tengo que acercar a Martin al aeropuerto. 

 

Sentí como me desinflaba, hasta que un instante después, recibí:

 

Nathan:

No obstante, puedo llevarte a comer a donde quieras y, si no te aburres de mí demasiado rápido, te invito a desayunar en la pastelería, que has comentado, el lunes antes de ir a trabajar.

 

 

Dicho y hecho, al día siguiente comimos juntos, cenamos, acabamos en su piso y, como prometió, recuperé fuerzas en la pastelería antes de llegar al trabajo totalmente extasiada y con una sonrisa que no pasó desapercibida para mi compañera Rosario. Desde aquel día, nos fue casi imposible separarnos más de veinticuatro horas. 

Seis meses después, Nathan me pidió que me mudara a su piso, ya que, aunque los dos vivíamos de alquiler, el mío estaba situado en El Raval, un barrio bastante ruidoso, y en los meses previos apenas lo pisé para coger ropa y poco más. El de Nathan era un sueño, situado en el barrio de Eixample, cerca del Paseo de Gracia. Un primer piso luminoso, de tres habitaciones, con techos altos y molduras originales, mezclado con paredes lisas y acabados clásicos, pero con un toque a nueva generación, gracias a los detalles elegidos por los dueños del edificio al reformarlo años atrás. Un apartamento de ensueño en el que jamás me hubiese imaginado viviendo.

 

 

Tras una ducha de esas que te cargan las pilas para todo el día, me despedí de mi chico para encaminarme al colegio en donde daba clases de Social-science a niños de primaria. Tiempo que Nathan empleaba en salvar el mundo, bueno, en realidad, en preservar el legado de nuestros antepasados; se dedicaba a catalogar restos de barcos hundidos en el Museo de Historia Naval de Barcelona. 

Preparando mi primera clase, la vibración incesante de mi móvil me obligó a sacarlo del bolso. Un número desconocido, unido a un mal presentimiento, hicieron que descolgase alarmada.

—¿Dígame?

—¿Señorita Benet?

—Sí, soy yo.

—Disculpe, soy el doctor Alba, ¿es usted familiar de Emma Acosta?

—¡Ay, Dios! Es mi abuela. ¿Qué ha ocurrido?

—La señora Acosta ha sido hospitalizada a causa de un infarto de miocardio.

Ahora está estable, aunque su estado reviste gravedad y la hemos ingresado en la UCI.

—¡No puede ser! Hace dos días estuve con ella y se encontraba perfectamente — respondí incrédula y aterrada a partes iguales, tomando asiento para no marearme.

—Lo entiendo, no obstante, este tipo de fallo cardiaco puede presentarse sin ningún tipo de advertencia o síntoma.

Tomé nota del hospital en dónde se encontraba mi Lita y salí disparada. 

Al entrar por la puerta de urgencias, me encontré con Amelia, la compañera de vida de mi abuela desde que cumplieron los sesenta; de eso hacía ya veinte años.

—¡Helena! Mi niña, perdona, con el agobio y los nervios me he dejado el móvil en casa y no he podido avisarte, por eso te ha llamado el doctor. Imagino el susto que te has llevado.

—¡Ay, Amelia! ¿Qué ha ocurrido? —pregunté, cobijándome entre sus brazos y dejando que la tensión contenida en el trayecto se desbordase sin remedio.

—No lo sé, estábamos viendo un programa de esos de actualidad, he ido a la cocina a por las tostadas que estábamos preparando para el desayuno y, al volver, miraba la tele horrorizada, ha comenzado a marearse, a sentir que la faltaba el aire y a sudar de forma exagerada. Sin perder tiempo he llamado a una ambulancia —recitó de carrerilla, con la voz fragmentada.

—Dime que se va a poner bien, por favor —supliqué escondida en su hombro.

Mi abuela era la única familia que me quedaba, desde que mis padres fallecieran en un accidente de coche catorce años antes, justo a la mitad de mi existencia en aquel preciso instante.

—Cielo, sabes que Emma es fuerte como un roble, aun así, debes hacerte a la idea de que somos unas viejas y, antes o después, nos tendrás que decir adiós.

—¡Amelia! ¿Dónde hay que firmar para llegar a los ochenta así? —La voz de Nathan nos sobresaltó.

Con un caluroso abrazo, que Amelia recibió de muy buen grado, mi novio hizo eso que mejor sabía hacer: quitar hierro a las situaciones comprometidas deslumbrando con su sonrisa blanca y sincera.

Después de unos segundos abrazándonos a las dos, Nathan se centró en mí. Escondí la cabeza en su pecho. Inspirando su aroma, ese que me recordaba a un bosque de eucaliptos a primera hora de la mañana —fresco y acogedor—, dejé que su cercanía me sanase el alma.

La voz del doctor hizo que nuestros cuerpos se separasen para prestarle atención.

—Señorita Benet, siento comunicarle que el corazón de su abuela está fallando. Ha sufrido un episodio de insuficiencia cardíaca aguda, causando un daño considerable al miocardio y afectando gravemente su capacidad motora. Las próximas horas serán cruciales, pues si se produce otro evento isquémico, es altamente probable que no lo supere.

—Doctor, disculpe, no entiendo la mitad de lo que ha dicho —aseguré bastante conmocionada, negándome a vislumbrar la gravedad de aquella explicación.

—El corazón de su abuela está muy débil y no puede trabajar como debería. El último infarto lo ha dañado seriamente y ahora no puede bombear la sangre que su cuerpo necesita. Siento comunicarle que, de producirse otro infarto, es casi seguro que no resista. Por eso estas horas son tan importantes. Vamos a hacer todo lo posible por estabilizarla, pero han de entender que la situación es muy delicada.

Sentí como el mundo entero se desmoronaba bajo mis pies. Mi cuerpo temblaba incontrolablemente, y solo los brazos de Nathan, firmes y protectores, evitaron que me derrumbara por completo. A mi lado, Amelia se llevaba las manos a la boca, incapaz de contener las lágrimas. 

—¿Puedo verla? —pregunté con un hilo de voz.

—Está sedada. —Ante mi cara de consternación y dolor, añadió—: Le permitiré pasar cinco minutos. Sígame y la enfermera le dará un mono desechable.

Asentí en completo silencio y caminé por el hospital sin creerme que eso estuviese ocurriendo; No, no podía ser, mi abuela no podía abandonarme como lo hicieron mis padres.

Entré en la habitación con el corazón sobrecogido, mi Lita —diminutivo de abuelita con la que la bauticé en mi tercera palabra, tras mamá y bibi, según me contó mi padre cuando era una cría—, la mujer más fuerte y vital que conocía, estaba postrada en una cama con un color ceniza en el rostro que me hizo estremecer. Le sostuve la mano, suplicando:

—Lita, por favor, no te vayas, no estoy preparada para perderte a ti también. Lucha, te lo ruego.

Tras el tiempo establecido, me levanté de la butaca con el corazón hecho pedazos, cargando con la certeza de que aquella sería la última vez que vería a mi querida abuela. Cada paso hacia la puerta lo sentí como un adiós anticipado; una despedida silenciosa que dolía más de lo que podía soportar. Me giré una última vez, grabando en mi memoria su rostro sereno.

 

 CAPÍTULO 4

 

 

Dos días después, dije adiós a mi Lita en un día tan gris como se encontraba mi alma. El funeral fue precioso, ella era muy querida y ninguno de nuestros allegados y amigos quiso faltar. Como era su deseo, y en su día el de mis padres, la incineramos. 

Desde ese mismo instante, un vacío indescriptible se apoderó de mí. Tan profundo que se me hacía imposible hallar las palabras adecuadas para expresarlo, sentía que estaba sola, increíblemente sola en el mundo.

No, no era cierto, tenía a Nathan, a Amelia y a mis amigos, pero familia de sangre ya no me quedaba y, cuando ese pensamiento atravesaba mi mente como una fugaz bala certera, mi corazón se rompía sin remedio.

Eso tampoco era cierto, tengo un tío y dos primos que viven en Argentina, que adoraban a mi abuela y que el día de su adiós estuvieron conmigo. Sin embargo, no deja de ser familia que ves cada bastante tiempo y no está en tu vida de la misma forma que lo hacen tus padres, abuelos —si tienes la suerte de tener de esos que ejercen como tal— o hermanos —esos que nunca tuve—. Por ello, ese sentimiento de soledad y dolor se abalanzó sobre mi maltrecho corazón en el mismo instante en que me informaron que mi abuela había sufrido un segundo infarto del que no pudieron reanimarla. La noticia me golpeó con tal fuerza que sentí como si todo mi ser se rompiera, dejando solo un vacío helado donde antes se mantenía una pequeña chispa de esperanza.

 

 

Tres días después del adiós definitivo, me vestí en silencio, dejando que Nathan me sirviera el desayuno sobre la barra.

—¿No quieres tomarte algunos días de vacaciones? —preguntó preocupado.

—No, vida, necesito volver a ocupar mis horas o me volveré loca.

—Está bien, llámame si necesitas cualquier cosa. Si ves que la jornada se te hace muy dura, con un solo mensaje dejaré todo para raptarte y llevarte a cualquier lugar en el que la tristeza no pueda alcanzarte.

Le escuché emocionada y muy agradecida. Nathan, desde que me llamaron para decirme que mi abuela estaba hospitalizada, no se separó de mí en ningún momento, es más, él fue quien se encargó de todos los trámites burocráticos de la defunción para que ni Amelia ni yo tuviéramos que hacerlo.

Le acaricié el rostro totalmente enamorada, sintiendo en lo más profundo de mi corazón la suerte de tenerle en mi vida.

—Te quiero mucho más de lo que se pueda expresar con palabras —aseguré, besándole con ternura, cariño y gratitud.

—Yo también, mi vida —respondió tras finalizar el beso, sin dejar de abrazarme.

Al mirarme con sus penetrantes ojos glaucos, fijos en los míos de una manera que solo él sabía, una certeza inquebrantable se apoderó de mí: había encontrado al amor de mi vida. Convicción que impedía que ese sentimiento de soledad, que intentaba por todos los medios instalarse en lo más hondo de mi alma, terminase de afianzarse. Nathan era mi refugio, mi luz en medio de esa oscuridad que me envolvía.

—Será mejor que salgamos o llegaremos tarde —dije por fin, sin ganas de escapar de sus brazos.

Fui consciente de que debía volver a retomar mi vida, por mucho miedo que me diese vivir en un mundo en el que no podría descolgar el teléfono, solo para contarle una tontería a mi querida Lita.

 

 

Al parar para almorzar, me sorprendió ver lo rápido que se me pasó la mañana. Definitivamente, necesitaba volver a ocuparme de mis pequeños terroristas, como llamo cariñosamente a mis alumnos. Todos se lanzaron a mis brazos nada más verme, dándome sus condolencias e incluso algunos, como Diego, me contaron lo mucho que echaban de menos a sus abuelos. Que niños de nueve años te demuestren tanto cariño, me dijo que algo bien debía estar haciendo con ellos. Para mí son parte de mi vida, no solo alumnos que pasan durante dos o tres cursos por mi clase, no, son pequeñas mentes despiertas que se están abriendo a un mundo que en muchos casos no les resulta fácil.

Tras finalizar aquella primera mitad de la jornada, entré en la sala de profesores y saqué un tentempié.

—¿No tienes guardia en el patio? —preguntó Rosario, la subdirectora, llegando hasta mí.

—No.

—Bien, en ese caso, ¿qué tal llevas la mañana? —indagó, tomando asiento a mi lado y colocando una mano afable en mi espalda.

Rosario es una mujer especial, desde el día en que entré a trabajar al colegio, me trató como a una más de la familia, pues para ella, que lleva más de treinta años en ese centro, eso somos todos los profesores, padres y alumnos.

—Mejor de lo que esperaba —respondí con sinceridad.

Durante unos minutos, charlamos de todo un poco, hasta que Sergio, el conserje, entró en mi busca.

—Helena, disculpa, hay un hombre que pregunta por ti en dirección, dice que es urgente.

Sin saber de quién se trataba, me dirigí al edificio principal, en donde un caballero de mediana edad, con traje caro e impoluto, me observaba desde la distancia sosteniendo entre sus manos un maletín oscuro.

—¿Es usted Helena Benet? —preguntó cuando llegué hasta él.

—Sí, ¿y usted es?

—Disculpe, soy Ferrán Piqué, abogado. ¿Podríamos hablar un segundo en privado? Es importante.

No tenía ni la más remota idea de qué quería ese señor de mí, no obstante, había algo en su tono, en la forma de pedirme unos minutos, que hizo que el vello de mi nuca se erizara; sentí que el universo me lanzaba una advertencia silenciosa, un susurro en el viento, anticipando que algo estaba a punto de cambiar.

—Sígame por aquí. —Le guie hasta la oficina docente de mi asignatura, cerré la puerta e indagué—: ¿Qué desea?

—Señorita Benet, ante todo, permítame decirle que siento su pérdida.

Le miré extrañada.

—Gracias.

—Verá, mi despacho de abogados tenía órdenes claras de entregarle el contenido de este maletín cuando la señora Acosta falleciese.

—¿Es de mi abuela?

—No, es propiedad de Rosa Aguirre.

Ante esa afirmación tan tajante, sentí cómo mis ojos se abrieron de manera antinatural, al tiempo que mi mente se negaba a aceptar lo que acababa de escuchar, repitiendo en un susurro interno que no podía ser real.

—¿Mi madre?

—Sí, la señora Aguirre dejó el contenido del maletín bajo custodia hasta que Emma Acosta falleciese, momento en que debíamos hacérselo llegar.

—¿Quiere decir que llevan catorce años guardando esto?

—Sí.

Mi cerebro se puso a trabajar de forma frenética, sin encontrar lógica a nada de lo que estaba ocurriendo. No tenía ni idea de qué contenía aquel objeto, pero imaginé, por la pinta que tenía el abogado, que no era un bufete barato; y mi familia no nadaba precisamente en la abundancia. Todo era tan extraño que con recelo husmeé:

—Necesito una explicación más detallada, sinceramente, esto no tiene mucho sentido para mí.

—Señorita Benet, es sencillo. Su madre contrató un servicio que pagó por adelantado, era precio cerrado, y nuestro cometido era muy básico, entregarle en mano esto a usted llegado el momento. Nuestro bufete, además de llevar temas legales, tiene un servicio que llamamos «Custodia futura», precisamente lo que contrató la señora Aguirre.

Depositó el maletín ante mí, y mi mirada se clavó en el cierre. En ese instante, mi cerebro sufrió un colapso, olvidando dar la orden al resto de mi cuerpo para que siguiese respirando, dejándome literalmente sin aliento. Algo en esa pieza metálica y aquel portafolios oscuro me era familiar, mi mente insistía en que ya lo había visto antes, no obstante, mi raciocinio me gritaba que no podía ser el mismo… Lo que estaba ocurriendo no tenía ni pies ni cabeza. 

Ante mi incapacidad para dejar de mirar el objeto, el señor Piqué explicó:

—Se abre con huella dactilar. Esperaré fuera, avíseme una vez vacíe el contenido.

Asentí aturdida, con la cabeza retrocediendo en el tiempo a una semana antes de la muerte de mis padres. 

 

 

En aquella época yo era una ceporra de manual, podía pasarme dieciséis horas durmiendo sin que pudiese despertarme ni una bomba nuclear. Sin embargo, en mitad de la madrugada percibí algo frío en el dedo que me hizo abrir los ojos asustada. Tardé unos segundos en acoplar mi visión a la escasa luz que desprendía una pequeña linterna, portada por mi madre. Cuando lo hice, la vi de cuclillas junto a mi cama con ese mismo maletín. 

—Helena, no quería despertarte.

—¿Qué haces? ¡Vaya susto me has dado! ¿Es un análisis de sangre a traición? ¡Ya te he dicho que no tomo drogas! —grité poseída por la indignación.

—Lo siento, cariño, sé que debería confiar en ti, pero estás tan… tan distante con nosotros, que ya no sabemos qué pensar.

Eso era cierto, desde que nos mudásemos un año antes a Barcelona desde Argentina, país en donde nací y crecí, no se lo puse fácil, pero no, yo no me drogaba, simplemente estaba furiosa porque nadie me hubiese preguntado si quería vivir en la otra punta del planeta. 

—Sí que debes de estar preocupada si te has comprado semejante kit de detección de drogas —ironicé señalando el maletín.

—Helena, lo siento, mañana mismo lo devolveré. Desde ahora confiaré en ti.

En mi estado de adolescente enfadada con el mundo, no le di mayor importancia. Mi madre cumplió su promesa y, pocos días después murió junto a mi padre en un accidente de tráfico durante un viaje por Inglaterra. Ese evento pasó a ser algo que mi mente relegó a esa parte oscura, donde guardaba todo lo relacionado con la Helena déspota y mala hija; aquella que no aprovechó el tiempo que tuvo con sus padres.

 

 

Tras fustigarme unos momentos por lo injusta que fui con ellos, volví al presente para centrarme en el portafolio. Al observar que estaba sola decidí abrirlo. Acerqué el dedo de forma dubitativa, el panel estaba frío, provocando que sintiera una especie de déjà vu, dejándome claro que, definitivamente, mi madre me engañó cuando era cría.

Sin ser consciente de que continuaba conteniendo el aliento de forma peligrosa, lo abrí y saqué el sobre blanco que, de puño y letra de la mismísima mujer que me trajo al mundo, tenía puesto mi nombre. Busqué un abrecartas, sintiendo como mis manos sudaban de forma consistente al hacerlo. Con una creciente sensación de ahogo, por las lágrimas que me estaba obligando a no derramar y la falta de aire entrando de forma normal en mi organismo, leí:

Querida Helena, 

Si estás leyendo esto es porque Lita y yo ya no estamos en tu vida, y porque no pude hacer justicia.

Coge el sobre que hay junto a esta carta y guárdalo bien, nadie debe saber que obra en tu poder. 

Decidas lo que decidas, quiero que sepas que te quiero y que siempre he estado y estaré muy orgullosa de ti.

 

Con el corazón martilleando en mi pecho de forma descontrolada y las lágrimas campando a sus anchas por mi rostro, sostuve entre mis manos el sobre marrón tamaño A3 que aguardaba en el centro, protegido por la tela de terciopelo beige que lo recubría. Solo por la forma que aprecié al palparlo, supe que en su interior se hallaba algo similar a un libro. Me obligué a serenarme, me sequé la prueba de mi desazón y guardé los dos sobres en mi bolso. Tras cerrar el maletín, hice pasar al señor Piqué.

—¿Debo firmar algo? —pregunté, tendiéndole el portafolios.

—No. —Sin más, tecleó algo en el panel y aseguró—: Nadie sabrá que usted tiene relación con esta transacción. Órdenes específicas de su madre.

Aquello terminó de aturdirme. ¿Quién era Rosa Aguirre? Según mi versión, era una mujer corriente, que dejó la carrera de periodismo al quedarse embarazada de mí y que se trasladó a España, tierra natal de mi padre, cuando él recibió una oferta de trabajo que le entusiasmó. Mi padre era biólogo marino y trabajar en el ICM-CSIC (Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona) parecía un sueño hecho realidad. Sin embargo, por lo que estaba descubriendo en aquellos últimos minutos, Rosa Aguirre parecía una persona que guardaba un gran secreto.

Me despedí del abogado, terminé como pude mi jornada laboral y volví a casa para hablar con Nathan. Necesitaba desesperadamente su cordura para no perder la mía.

 

 CAPÍTULO 5

 

 

Nathan, al entrar por la puerta, me encontró sentada en el sofá mirando a la nada, acariciando de forma inconsciente el sobre que saqué de mi bolso al llegar a casa. De eso hacía dos interminables y especialmente largas horas. 

No quise llamarle para que saliese del trabajo antes, tampoco decirle nada por teléfono, por lo que su llegada se me hizo tan dilatada y agónica como la última noche de un reo condenado a muerte. Pese a ello, tan abstraída estaba pensando en todo lo que no entendía, que me sobresalté cuando una manta se posó sobre mis hombros.

—Mi vida, estás temblando —aseguró, tocándome las manos que sentía frías como si la circulación no llegara de forma correcta hasta ellas.

—No te he oído llegar —respondí, centrando mi atención en él.

—Lo sé, estabas como ida, incluso te he hablado y no me has contestado — explicó, mirándome con preocupación—. ¿Has comido algo? Estás muy pálida.

En ese momento caí en la cuenta de que, tras la visita del abogado, ya no fui capaz de comer nada en todo el día, por lo que me sinceré.

—Medio sándwich para almorzar.

—Helena, ¡de eso hace más de seis horas! —exclamó, dirigiéndose a la cocina. 

Seguí inmóvil en el sofá, sin ser capaz de pedirle que volviera, puesto que en el fondo estaba aterrada por descubrir que había dentro del sobre y quién era mi madre en realidad. Esperarle me sirvió de excusa para camuflar ese temor, sin embargo, en aquel momento, cuando él ya estaba en casa, entendí que tendría que enfrentarme a la verdad.

Volvió con una bandeja que dejó en la mesa auxiliar. No pude evitar sonreír al ver una taza de té y una rebanada de pan con aceite. Una mezcla muy nuestra entre sus raíces inglesas y nuestro amor por el aceite de oliva y la dieta mediterránea.

—No tengo hambre. Hay algo que…

—Que enfermes solo conseguirá demostrar que soy un novio pésimo por no saber cuidarte, por favor, haz un esfuerzo —me regañó, suplicándome con la mirada—. Corregir exámenes puede esperar —aseguró, quitándome el sobre de las manos.

Intenté hacer algo de fuerza, de lo que desistí al ver su semblante serio y autoritario, ese que lucía pocas veces, pero en donde se observaba su sangre azul. Tras conseguir su cometido, colocó la taza donde antes estaba el sobre. Se sentó junto a mí, en completo silencio, y solo con sus ojos me obligó a beber. Sabiendo que lo hacía por mi bien, decidí no ponérselo más difícil. Tras el primer bocado a la tostada, aclaré:

—No son exámenes. Me lo ha entregado el abogado de mi madre.

Ante la mirada de Nathan para que me explicase y darme cuenta de que realmente tenía más hambre de lo que me había percatado, en tanto que devoraba el tentempié y bebía el té, le conté mi más que extraño encuentro con el señor Piqué.

—¿Tienes miedo de saber lo que hay dentro? —preguntó cuando acabé, colocando nuevamente el sobre en mi regazo.

—Sí —afirmé con rotundidad.

—Vida, pues no lo abras hasta que estés preparada. Si me necesitas, yo estaré aquí.

Suspiré ya que, pese al temor a lo desconocido, mi curiosidad y la necesidad de la verdad eran superiores a ese miedo.

—Ábrelo —pedí, tendiéndole el objeto de mi turbación.

—¿Segura? 

—Sí. Entre tú y yo no hay secretos. Lo sabes todo de mí. O por lo menos todo lo que yo sé de mí misma —aseguré con la voz cargada de ironía.

Abrió el precinto, consistente en un sello firmado de puño y letra por mi madre, sacó un diario que parecía antiguo y una nueva carta escrita a mano por ella. Sin que yo dijera nada, me dio espacio para que leyese en silencio la misiva póstuma de la mujer que me trajo al mundo.

 

Querida Helena, 

No sé si entregarte esta carta y este diario es lo correcto. Puede que deba hacer caso a mi madre y olvidarme de todo como hizo ella, en cambio, me parece tan injusto que todos ellos se salgan con la suya, que no he podido evitarlo. He investigado la mayor mentira de la historia reciente, no obstante, temo que si consigo mi propósito nuestras vidas estén en peligro. 

Voy a viajar a Inglaterra para cumplir una promesa que le hice a mi abuela, y que he pospuesto por miedo a lo que te pudiera ocurrir. Lo que sucede es que algo ha cambiado. Miento, algo no, ellos. Ellos lo han cambiado todo y no puedo mirar hacia otro lado cuando quienes arrebataron vidas de la forma más vil, siguen paseándose tantos años después con la cabeza bien alta. 

Y no solo eso, sino que están engañando nuevamente a toda una generación, contando una falacia del tamaño del sol. Por eso no puedo seguir mirando hacia otro lado, no cuando yo sé la verdad.

Para tomar una decisión debes leer el diario que te entrego y, después, si quieres saber más, tendrás que encajar la llave.

 

«¿La llave?», pensé en ese momento sin entender. Levanté la vista para encontrarme con los ojos preocupados de Nathan.

—¿Todo bien? —indagó, sin apartar sus preciosas pupilas verde jade de mis avellanas.

—Necesito hacer esto sola. Luego te explicaré todo, no obstante, para poder hacerlo debo entenderlo yo en primer lugar.

Asintió sin oponerse.

—Vete al despacho, allí tendrás intimidad. Te avisaré cuando esté la cena.

Acepté en silencio, a la vez que cogí el sobre marrón, la carta de mi madre y el diario. 

Entré en el estudio, me acomodé tras el escritorio y, bajo la luz del flexo, examiné el libro. Solo mirando la solapa de cuero azul marino, adornada por una preciosa mariposa dorada, que al tacto de mis dedos seguía siendo suave, y observando la caligrafía señorial que presidía la parte superior de la tapa y su lomo, intuí, o más bien tuve la certeza, que el libro era antiguo y además de buena calidad. Abrí por la primera página y leí:

 

Diario de Catherine Cavendish. Año 1908. Londres.

 

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Ania Zaera 2025.

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